La primera semifinal de Eurovisión 2026 ha dejado un sabor amargo en el ambiente. Israel, con su canción ‘Michelle’, ha logrado colarse en la final del festival por primera vez sin España presente en más de seis décadas. Mientras que Suecia, Finlandia y Croacia brillaron con actuaciones memorables, el pase de Israel ha eclipsado todo lo demás, convirtiendo esta gala en una auténtica pesadilla política.
Noam Bettan defendió su tema ante un público dividido, pero muchos se preguntaban cómo un país que lleva meses sumido en un conflicto tan brutal como el de Palestina puede presentarse como si nada. Con el eco de las protestas resonando incluso desde las butacas del Wiener Stadthalle, quedó claro que este Eurovisión está marcado por una crisis que trasciende la música.
Una noche para olvidar
Las palabras de Bettan resonaron vacías mientras su nación seguía perpetrando ataques en Gaza. El intento de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) por suavizar las pitadas durante su actuación fue inútil; ¿cómo ignorar que los números no son solo estadísticas? En medio del espectáculo, España decidió retirarse y muchos entendemos por qué. La tensión era palpable, y lo cierto es que poca gente recordará esta gala mañana.
A pesar del alto interés inicial por otras propuestas como la finlandesa o croata, todos los ojos estaban puestos en Israel. Desde que Benjamín Netanyahu inició su ofensiva hace casi dos años, Eurovisión se ha convertido en un campo de batalla simbólico donde los valores culturales chocan con realidades políticas inquietantes.
¿Y qué hay del televoto? Según The New York Times, hay indicios claros de manipulación por parte del gobierno israelí para asegurarse ciertos resultados. La UER ya ha tenido que llamar al orden a KAN por promover campañas masivas al respecto. Es un juego peligroso y parece que estamos lejos de ver el final.
A medida que avanza el certamen, queda claro que Eurovisión necesita repensar sus bases: ¿es posible disfrutar de la música cuando detrás hay tanto sufrimiento? Lo cierto es que los artistas brillaron anoche —la voz potente de Croacia dejó huella— pero será difícil deshacerse del peso político que ha marcado este evento.

