El pasado sábado 25 de abril, una serie de ataques simultáneos por parte de los yihadistas del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) y los separatistas tuareg del Frente para la Liberación del Azawad (FLA) dejó a Malí en un estado de incertidumbre. La junta militar que gobierna el país, tras haber tomado el poder en mayo de 2021, se vio sorprendida por la audacia de estos grupos. Más de 72 horas después, las dudas persisten; lo único claro es que uno de los fallecidos en esta escalofriante jornada fue el ministro de Defensa, Sadio Camara.
La situación se complica
Kati, una localidad cercana a la capital donde reside la junta militar, fue uno de los principales objetivos. Un camión bomba dirigido contra la casa del ministro Camara resultó fatal; él era considerado el ‘número dos’ dentro del gobierno. Mientras tanto, rumores sobre el paradero del líder del golpe, coronel Assimi Goita, comenzaron a circular tras su desaparición durante el ataque. Aunque oficialmente se afirma que sigue al mando, muchos especulan sobre su posible exfiltración o incluso captura por parte de los atacantes.
El primer ministro Abdoulaye Maiga salió ante las cámaras para explicar lo sucedido después de visitar a algunos heridos. Con firmeza denunció: «Más que simples incidentes terroristas, el objetivo del enemigo era conquistar el poder». El peligro es real; JNIM y FLA han formado una alianza peligrosa con un solo propósito: derrocar a esta junta debilitada. Y no es para menos; estos grupos están avanzando con fuerza y controlan zonas clave como Kidal y Gao.
Lo que está sucediendo en Malí es un reflejo aterrador de cómo puede cambiar rápidamente el rumbo político en un país desgastado por conflictos internos. Si bien algunos expertos creen que JNIM no busca hacerse con todo sino más bien forzar una negociación ventajosa con quien llegue al poder después, la verdad es que sus acciones recientes parecen indicar lo contrario. La posibilidad de nuevos golpes dentro del propio golpe ya está sobre la mesa.
Con aliados como Rusia e incluso naciones vecinas como Burkina Faso y Níger observando desde lejos sin ofrecer ayuda concreta, Malí podría estar más sola que nunca ante esta tormenta política y social. Y mientras tanto, la vida sigue su curso en Bamako entre disparos lejanos y explosiones ocasionales, pero ¿por cuánto tiempo más podrán seguir así?

