En una madrugada que se antojaba tranquila, la calma de Malí se ha visto brutalmente interrumpida. Grupos armados, presumiblemente aliados de yihadistas y tuaregs, han lanzado una ofensiva coordinada en Bamako, Kidal, Gao y Kati. El Ejército maliense no ha tardado en reaccionar ante esta oleada de ataques.
Las redes sociales han sido el canal elegido por el Estado Mayor del Ejército para comunicar a la población: «Los combates continúan e instamos a todos a mantener la calma y estar alertas». Un mensaje que resuena con fuerza entre los habitantes de Bamako y otras ciudades afectadas como Kati, donde reside el líder golpista, el general Assimi Goita.
Nadie asume la responsabilidad
Aún no hay un responsable claro detrás de estos ataques, pero todos los ojos apuntan hacia dos organizaciones: el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda, y el Frente de Liberación para el Azawad (FLA). En marzo pasado ya habían surgido rumores sobre posibles alianzas entre ambos grupos para hacer frente al Ejército maliense y sus aliados internacionales, incluidos mercenarios rusos del antiguo Grupo Wagner.
No es casualidad que esta ofensiva ocurra tras meses de presión sobre las rutas de combustible que amenazaban con asfixiar a Bamako. Desde que llegó al poder tras dos golpes de Estado en 2020 y 2021, la junta militar ha tejido una red de alianzas con otras juntas regionales dispuestas a desafiar la influencia francesa en la región mientras se acercan cada vez más a Rusia.
Pero lo cierto es que el Sahel sigue siendo un polvorín lleno de desafíos constantes. La promesa del régimen militar maliense era devolver el poder a los civiles antes de marzo de 2024. Sin embargo, hoy ese compromiso parece un mero espejismo. En julio pasado, Goita recibió un mandato presidencial sin fecha límite ni elecciones claras en el horizonte.

