Cuando hablamos de vino, no solo estamos hablando de una bebida; estamos hablando de tradiciones, de historias y, sobre todo, de nuestra identidad. Miquel Roldán, un apasionado viticultor mallorquín, lo dejó claro al afirmar que «cuando explicas a un cliente las variedades de uva, solo tienen sentido en catalán». Este sencillo pero profundo comentario resuena con fuerza en un mundo donde a menudo se intenta desdibujar nuestras raíces.
El Valor del Idioma
En tiempos donde la globalización amenaza con homogenizar nuestras costumbres, el uso del catalán se vuelve un acto de resistencia cultural. La riqueza de nuestra lengua permite contar la historia detrás de cada variedad: desde la autóctona Manto Negro hasta la popular Callet. Cada palabra tiene su peso y significado, y eso es algo que muchos forasteros pueden sentir cuando les compartimos nuestro legado.
No se trata simplemente de una cuestión lingüística; es una lucha por mantener vivo el patrimonio cultural que nos define como pueblo. Cuando vamos a una bodega o a una feria del vino, los matices en el lenguaje son tan importantes como el propio producto. Así que sí, podemos hablar en otros idiomas si queremos vender más o atraer turistas, pero ¿a qué costo? Es momento de reflexionar sobre cómo queremos presentarnos al mundo.

